Ay, los indios

Ay, los indios. Sí, porque siempre fueron y son los
marginados. Ellos son las principales víctimas de este fracasado y desvergonzado
país llamado Honduras, sin dignidad ni patriotismo, desde que Colón arribó a
nuestras costas y les ofreció espejitos y baratijas a cambio de oro. La
conquista escenificada por los españoles les arrebató su tierra, su libertad,
su cultura, su religión, su lengua, su arquitectura y los convirtió en parias,
en animales –primero- hasta que, por fin, algún organismo de la Corona española
se enteró de que también eran humanos, lo que no evitó que siguieran sometidos
y maltratados, incluso asesinados. Aquí reivindico a la Reina Isabel La
Católica que ofreció cárcel y castigos mayores a quieres retuvieran, en el
territorio de España, a indios esclavizados y en contra de la voluntad de los
mismos indios. Desgraciadamente, para los indios, la Reina murió y todo quedó
igual que antes, hasta que apareció Fray Bartolomé de Las Casas y medio remedió
la situación. Les quemaron vivos a
quienes se negaron a convertir en su verdad los evangelios, los azotaron y los
sometieron a torturas infamantes y a la esclavitud solapada. Les arrebataron
sus tierras, las minas, los templos, la libertad. Les inventaron historias
absurdas como la de la virgen de Suyapa para reemplazar con un pedazo de palo a
los dioses ancestrales tallados en piedra. Les despedazaron sus ídolos y les
quemaron sus libros sagrados. Diego de Landa relata esta iniquidad y se solaza
de ver a los indios humillados cuando observan arder las hogueras que consumen
sus textos sagrados. Los indios no saben nada de todo esto. Les han cerrado la
mente para que no ven, ni oigan, ni toquen,
ni opinen. Para que no sepan que hay otro mundo mejor que no está precisamente
en el cielo.
La independencia no fue la liberación de los indios. Ni la
del pueblo hondureño, para que nadie crea todavía en cuentos de hadas. Ese acto
burlesco del 15 de setiembre de 1821 solo fue un traspaso del poder de la
corona española a los caballeros feudales y nobles que habían gobernado estas
tierras en nombre de España. Es más, el Capitán General Gabino Gaínza continuó
como Jefe Político y Aycinena como Marquez. Morazán intentó liberar
verdaderamente la patria, pero fracasó y terminó fusilado. Contra él levantaron
a los indios estupidizados por los curas que les hicieron creer que Morazán era
el demonio, que envenenaba las aguas, que sacrificaba la iglesia porque les
arrebató los monasterios, los diezmos y porque estableció el Estado y la
escuela laicos y el matrimonio civil (los pastores perversos quieren volver a
esa época de ignominia, apoyados por muchos indios, ¡Qué ironía!); porque
impulsó la escuela y proclamó la igualdad. El crimen cometido, en Ilama[1],
en contra de los Cano, ex soldados de Morazán, es un ejemplo de la maldad con
que han tratado, los feudales que han tenido el poder en Honduras, a los
aborígenes, con el apoyo de los mismos indios que fueron cariistias[2]
hasta morir y ahora convertidos en los rurales en quienes se apoya la
narco-dictadura. Los Cano fueron asesinados por los mismos indios porque les hablaron
de las ideas libertarias de Morazán, a quien, como he dicho antes, los curas consideraban
era el mismo satanás.
Tampoco la democracia falsa tutelada por los militares que
nos impusieron los yanquis, salvó a los indios. Siguieron como ahora en el
abandono. No los ha considerado el poder electo por el pueblo (?) como parte de
nuestra nacionalidad. Simplemente son útiles como soldados para disparar en
contra de los indios, sus hermanos. La democracia les dejó en donde por siglos
estuvieron: en la miseria y el abandono. A ésto se sumó la persecución, la
cárcel y el asesinato, porque algunos se dieron cuenta de su realidad y se
unieron para protestar. Por eso asesinaron a Bertha[3],
también con la complicidad de algunos indios. Les ha pasado lo que a Canek,
cacique mexicano asesinado por protestar en contra de los españoles. Esa misma
suerte tuvo Bertha Cáceres, porque defendió un río, el agua, los lugares
sagrados, la dignidad, los derechos consignados en la Declaración Universal de
los Derechos Humanos y en el Documento que ratifica, por parte de la ONU, los
derechos de los pueblos originarios. Muchos nombres indígenas glorifican
nuestra historia, pero las escuelas, las calles y las plazas no llevan sus
nombres, sino los de los delincuentes como Rafael Leonardo Callejas, Tiburcio
Carías, Oswaldo López Arellano, Roberto Suazo Córdoba y muchas sabandijas más.
La vida republicana –digo republicana solo como identificación
del período entre el 15 de setiembre de 1821 y nuestros días- no trajo una vida
mejor para los indios ni para la mayoría de los hondureños. Los traidores que
nos han gobernado los utilizaron como carne de cañón en las levantiscas y escaramuzas
que protagonizaron los vende-patria que lograron mantenerse en el poder –echando
a pelear hermanos contra hermanos: más propiamente dicho: indios contra indios
(no olvidar el hermoso cuadro de Pablo Zelaya Sierra), idiotizados hasta el
tuétano con alcohol y fanatismo partidista y religioso-. No podré olvidar que
los indios de Intibucá[4]
se liaban a machetazos hasta que se desmembraban y morían desangrados, en
pleitos porque uno era liberal y el otro cachureco y seguían a sus caudillos
cortando cabezas a sus enemigos –más bien sus hermanos- o muriendo con su
propia cabeza rodando por el suelo por un certero machetazo. La única dignidad
que tenían antes de morir era echar vivas a los responsables de su miseria y de
su odio enfermizo: viva el General Carías, Viva Changel Zúniga Huete o Viva
Pajarito. Cómo olvidar a los indios Guardias Civiles asesinados por otros
indios en su cuartel luego del golpe de Estado pactado por el presidente Ramón
Villeda Morales con Oswaldo López Arellano y el Embajador Burrows de Los
Estados Unidos: estaban desarmados los Guardia Civiles porque el gobernante
liberal, a quien los indios Guardias le eren fieles, les había despojado de sus
fusiles unos días antes del acto criminal de López Arellano. Décadas después de
que Carías dejara el poder, los indios tenían como grito de borrachos echar
vivas al General Carías. Esa misma miseria de
los indios avasallados es la miseria mental de algunos periodistas que
insisten en llamar Tiburcio Carías, el nombre de un tirano glorificado por los
lame botas- al Estadio Nacional, a pesar de que en el frontón del estadio no
dice así; y, Manuel Bonilla, al Teatro Nacional, sabedores de que Manuel Bonilla
fue, según los cachurecos, el fundador de ese partido nefasto para la historia
de Honduras, llamado, paradójicamente, Partido Nacional; Bonilla también fue
responsable de entregar las tierras fértiles de la Costa Norte a los gringos y
de entregar la dignidad nacional al gobierno norteamericano a cambio de unos
cuantos fusiles y de un barco de la marina yanqui anclado en cualquier puerto
de Honduras para garantizarle el asalto al poder que en verdad nunca tuvo razón
porque Bonilla gobernó bajo mandato yanqui, en contra de Honduras, de su pueblo
y de sus indios. En la fachada del Teatro solo hay una TN que quiere decir Teatro Nacional
En Intibucá los indios siempre fueron discriminados y
orillados. Vivieron en la miseria total y se les despojó de sus tierras. El
Estado promovió su alcoholización para que no dejaran de ser siempre machos,
para que se mataran entre si y para que engrosaran las huestes levantiscas. Durante
la época del servicio militar obligatorio se les cazaba como a animales y les
entrenaban para ser enemigos de sus hermanos indios a quienes han reprimido con
gas lacrimógeno, tolete y bala: esos mismos indios han recibido, con garrote
limpio, a la marcha de indios que vino desde Intibucá a reclamar sus tierras.
Pretendían hablar con el Presidente auto-nombrado, porque ilusamente creen que
la presidencial es la casa del pueblo. No les dejaron pasar y a algunos les
enviaron al hospital. Durmieron a la intemperie. Mientras los indios soldados
les miraban con furia y odio, fusil en mano, lacrimógena con el seguro listo para quitarlo, tolete
dispuesto para apalear cabezas y espaldas. La misma escena de cada 3 de febrero
cuando vienen y duermen frente a la Basílica de Suyapa, como animales, en el
llano, expuestos a ladrones, otros indios y ladinos y delincuentes que les
engañan, les roban su dinero o se lo arrebatan con engaños a cambios de
estampitas y medallitas de latón que sustituyen a los verdaderos y ancestrales
dioses del tiempo maya. El colmo es que estos compatriotas indígenas no son
permitidos en la basílica cuando el usurpador va a la misa de la virgencita
porque como son levantiscos, huelen mal porque no usan papel higiénico, dan mal
aspecto y echarían a perder la solemne misa oficiada para traidores,
atracadores del fisco, narcotraficantes, represores de los pueblos, de los
indios; asaltadores del poder. Mel[5]
llamó a los indios a Casa Presidencial: les abrió las puertas y los hizo sentarse
en el Salón principal. La burguesía y la prensa chilló porque los indios eran tufosos, mal vestidos, dijeron
que dejarían las sillas olorosas mierda y se limpiarían los mocos con el caro
cortinaje. A Mel, como dicen los chavos, le valió. Luego trajo al cacique
Tolupán[6].
Le preguntó que deseaba a este hombre humilde. Él, lleno de dignidad, no pidió
una chamba burocrática, ni dinero, ni favores. Pidió un burro para su trabajo.
Mel trajo el burro desde Comayagua y se lo entregó. La prensa y la burguesía
feudal de Honduras aullaron y ridiculizaron al cacique y al noble burro cuando
lo bautizaron como Palmerolo. Lo habían transportado en helicóptero desde la
Base yankee en Honduras de Palmerola. La prensa se enteró cuando el asno murió
y divulgó con sátira la noticia. Hicieron
guasa con el pobre animal los periodistas, muchos de ellos también
indios. Fue un “hit” noticioso. De lo que nunca se enteraron, o si los sabían se
hicieron los papos y callaron hipócritamente, fue que el cacique tolupán vivía,
junto con sus súbditos, en una miseria asombrosa. Cuando yo les visité para
validar mi Diccionario de las lenguas de Honduras, él estaba enfermo, tirado en
la pocilga de una casucha, de esas a las que Ricardo Álvarez[7]
califica como vivienda digna. No tenía con que comer, no tenía medicinas. Vivía
sin la dignidad propia de un Cacique, más que la que le daba su orgullo de
hombre cabal. Pero tenían una iglesia protestante que les ha lavado el cerebro
y les ha hecho creer que el dios de Israel es su dios, que ni el mismo dios se
lo cree porque no hace nada para superar esa miseria, la expoliación de sus
bosques, de su tierra, de sus vidas (muchos son los asesinados por los
atracadores), de su dignidad como pueblo.
Los indios vinieron a pedir condonación de deudas que no
pasan de 30 mil lempiras, deudas por las que están a punto de perder sus casas
y su tierra. La razón de la mora: los cultivos son un fracaso porque los
grandes y poderosos talaron los bosques, se hicieron ricos y echaron a perder
el clima y los ríos. El gobierno ha respondido que no tiene en sus planes
ninguna condonación, pero antes perdonó deudas multimillonarias a Pepe Lobo[8]
y a otros terratenientes semi feudales corruptos, dueños ilegítimos de
Honduras; es más, Lobo, también responsable de la tragedia de Honduras, ahora
quiere reconvertirse en héroe nacional y pretende volver a una curul en el
Congreso (No es remoto que algunos indios le acuerpen y voten por él).
No son capital político los indios para nuestros políticos
–algunos narcotraficantes y traidores a la patria. No cumplirles, no verles
como ciudadanos que tienen plenos derechos a la protección por parte del Estado,
les tiene sin cuidado. Saben que en el próximo proceso electoral des darán el
voto, aportarán el voto rural que es el que realmente decide en la farsa
electoral que fundamenta la democracia santificada por los yanquis y la Unión
Europea y las democracias occidentales y
cristianas. Los indios votarán en contra de los comunistas, de los que se comen
a los niños, de los que predican en contra de la sacrosanta iglesia católica y
la muy norteamericana iglesia cristiana –la misma de Trump que nos considera a
todos los hondureños como delincuentes-, en contra de los ateos engendros de
Satanás, en contra de los que les van a quitar todo (a pesar de que no tienen
ni en donde caerse ni vivos ni muertos). El mismo discurso que se utilizó en
contra de Morazán. Cuando yo era niño vi a los caudillos políticos –eran
caudillos por el terror- llevaban a los indios, como si fuesen animales, a La
Esperanza, les encerraban en una especie de corral, que en un tiempo fue La
Plaza Candelaria, de la que era dueño don Rodolfo Z. Velázquez[9],
y los conducían, al día siguiente, a votar con la papeleta marcada, en fila india
y con vigilancia estricta para que no fueran a cambiar el voto. Había
intrépidos que no sé cómo votaban por el Partido Liberal. La recompensa era
guaro y tamal de viaje con frijoles. Una vez borrachos se volaban la cabeza
entre ellos a machetazo limpio. Ya habían votado.
En las elecciones de ahora, los narcotraficantes confían en
el apoyo pleno de los rurales, es decir los indios de Intibucá y de Lempira,
pero temen que con la tecnología que se piensa aplicar en el recuento se queden
esos votos rurales sin contar y que por eso perderían las elecciones. Y dic
Antonio Rivera[10]: la razón por la que en
Intibucá y en Lempira no pueden ser usadas las Tabletas es porque ahí no hay
electricidad ni señal de internet. Después de 10 años no ha podido, este farsante,
remediar esa miseria en esas tierras, pero ellos, lo indios siguen fieles a
quienes les mantienen en la miseria, pues como rurales ignorantes son útiles
para votar en favor de sus enemigos seculares.
Fui testigo de la cacería de indios para el servicio militar
obligatorio. ¡Hay hondureños que añoran esa época de ignominia! Realmente solo
era obligatorio para los indios pues sus vidas son consideradas inútiles.
Conocí a un niño que vivía en una aldea
cercana a La Esperanza llamada El Pelón. Durante una visita, que les hicimos en
El Pelón, solo tenían sal para comer. Mamá me envió de dejarles comida. Cuando
Xenón llegó al tercer grado pidió a sus papas que le permitieran seguir en la
escuela. Mamá lo matriculó en la escuela para indios –porque en La Esperanza
había una escuela separada para indios- y él venía todas las mañanas, luego de
un recorrido a pie de unos 4 kilómetros y regresaba por la tarde. Traía su
comida para almorzar que era realmente miserable. Mamá compartía con él nuestra
comida. Xenón fue reclutado cuando era un niño y su vida se perdió en la guerra
con El Salvador, guerra en la que los militares demostraron su corrupción e incapacidad
para defender el país.
Tan discriminados y marginados fueron los indios en La
Esperanza que los ladinos se segregaron y fundaron su propio municipio con
tierras que eran de los indios y que pertenecían al municipio de Intibucá pero
que se las arrebataron. Entonces, los indios iban a la escuela para indios y
los ladinos a la escuela para ladinos; los indios iban a la iglesia de los
indios y los ladinos a la de los ladinos. Pero los curas de Intibucá y las
mismas autoridades municipales indígenas no respetaron a los indios: les
prohibieron el baile del guancasco con chirimía, tambor, máscaras y bandera roja
en el atrio de la iglesia de Intibucá; les destruyeron la plaza de Lempira en donde
hacían sus carreras de patos en honor a sus creencias religiosas –un
catolicismo en sincretismo con las creencias precolombinas. Ahí el supuesto
progreso construyó una plasta de cemento amurallada, que llamaron cancha deportiva para
que los ladinos jugaran basquetbol y los indios se olvidaran de sus ceremonias.
No sabría decir si les arrebataron su gobierno indígena llamado de la Vara
alta.
Los curas y pastores –porque desgraciadamente ahora los
pobres indios han caído en las garras delincuenciales de las sectas cristianas
o protestante que proclaman el derecho de los judíos a las tierras
ancestralmente habitadas por los palestinos, de las cuales han sido sacados por
la fuerza, mediante el asesinato y la destrucción de sus casas para instalar
colonias judías- no reivindican el derecho que los indios tienen a sus tierras,
de las cuales son sus legítimos dueños desde antes de la llegada de Colón, si
usamos la misma explicación que tienen para el derecho de los judíos. Por el
contrario, curas y pastores protegen a los terratenientes, a quienes se apoderan
de las tierras de los indios de manera fraudulenta, de quienes creen que un
título fabricado deshonestamente por un
abogadillo y un juez corrupto está por encima de los títulos ancestrales. Pero,
qué desgracia, los terratenientes dan más diezmo y una mejor limosna. Los
indios son pedorros y no usan papel higiénico (Nunca ha habido por tal motivo una
alharaca de nuestra prensa como cuando dijeron que no había papel higiénico en
Venezuela). Ellos, cuando yo era niño,
se limpiaban el culo con olotes, hojas o piedras. Algunos seguirán todavía esa
práctica porque apenas ajustan para comer para desnutrirse. Ahora resulta que
el título de un terrateniente activista politiquero tiene más validez que un título ancestral en
posesión de los indios. Más ahora, con la ley de las ZEDE, ya ningún título
podrá brindar garantía.
Ay, los indios. Ellos lo que quieren es solidaridad, no que
la hagamos de héroes en el Face Book con insultos o con bolsas solidarias que
da la dama del presidente autoproclamado –que no es la primera dama del país,
pues ese título lo merece Berta, Clementina Suarez, la Chona, Juana la Loca[11]
y otras heroínas nuestras; Ana es la primera dama de JOH. El que vista con los
atuendos, que ahora han popularizado su uso los indios de Intibucá, no es cosa
buena para los indios. Que, por cierto,
lo aclaro, no son prendas tradicionales lencas; decir esas cosas no contribuyen
a la verdad histórica y si a la falsificación de la tradición. Hará unos diez
años, o quizá unos cuantos más, los indios fueron entrenados por los indios
guatemaltecos para hacer esos tejidos que hora nos quieren presentar como parte
de la tradición lenca. Los indios intibucanos solo sabían sembrar maíz y frijoles,
pataxte y chinapopos, mediante las técnicas ancestrales del guisute, cosechaban
moras silvestres y también abusban del guaro, la chichita o fresquito[12]
y la cususa[13] clandestina. El verdadero
atuendo lenca cristiano era el tapado, un lienzo negro que las mujeres usaban
para ir a la iglesia o salir a la calle. Las ladinas lucían rimbombantes
chalinas y escotes que hacían que los curas parecieran bizcos. Los indios
hacían sus casitas de bahareque, con techo de paja o teja. Una sola habitación
con la hornilla en el centro para calentarse mientras dormían en camas de varas
–llamadas tapexcos por ellos. Es decir, la desnaturalización humana llevada a
su grado máximo. Muy pocos hacían alfarería. Vestían con pantalón y camisa de
manta, no usaban calzoncillos. Las mujeres se cubrían con vestidos de manta de
colores vistosos adornados con cenefas; esos vestidos llegaban hasta el
tobillo. Los calzones, ahora llamados blúmeres, eran de manta y el elástico era
un hule de neumático. Hoy llevan los calzones desechados por las gringas. Los que podían usaban caites, la
mayoría era chuña.[14]La
miseria, ahora, a duras penas, les permite usar chancletas de plástico o
zapatos de hule.
Pero algunos progresaron, no necesariamente con los cultivos
de maíz y frijol –que yo considero la causa de la miseria de nuestro pueblo-
sino porque, luego del golpe de 1963, los comandantes militares golpistas
estimularon el cultivo de la mariguana; para eso usaron a algunos indios de
confianza, traidores a su cultura, a su misma religión y a sus hermanos. Al ver
que eso era bueno porque producía dinero otros indios siguieron el ejemplo. Éstos
atrevidos dieron la oportunidad a las autoridades para hacer saber que estaban
aplicando la ley y les persiguieron y les encarcelaron. Aquellos protegidos se
hicieron ricos, dirigentes políticos, hombres honorables como don dinero y
lograron puestos importantes. Convertidos en nuevos potentados lograron casar a
sus hijos y a sus hijas con los ladinos que solo eran apariencia.
Los indios están protestando. Exigen se respeten el derecho
que tienen a sus tierras. Exigen apoyo para sus cultivos, yo diría una
orientación técnica para reorientar la agricultura nacional hacia otros rubros
más productivos, pues el maíz, el frijol y el café muy pronto no podrán
cultivarse por el cambio climático. Exigen condonación de sus deudas pírricas.
Exigen que el Estado vuelva su mirada hacia ellos como ciudadanos amparados por
la Constitución y las leyes. No quieren ser más los rurales en que se apoyan
los narcotraficantes que nos desgobiernan. Exigen respeto, dignidad, progreso y
que se valoren sus costumbres. Dejemos que la mujer del autoproclamado
presidente se vista como quiera. Nosotros apoyemos las causas justas de los
indios, vayamos a las calles a reivindicar sus derechos atropellados para que
sean hondureños como todos, deseosos de
libertad, democracia y autodeterminación. Deseosos de que se acabe la
intervención yanqui o de cualquier potencia y que podamos construir una
democracia libre de fraudes, componendas y
narcotráfico. Porque así como los indios son humillados, perseguidos e
ignorados, la mayoría de los hondureños estamos en similar situación. No nos
hagamos ilusiones. Porque indios somos todos. Tegucigalpa, Honduras.
[1] En Ilama, Santa
Bárbara, Honduras, los hermanos Cano, ex soldados de Morazán fueron
ajusticiados por el pueblo porque les acusaron de promover ideas disociadoras y
contrarias a la religión. Ellos profesaban las ideas libertarias de Morazán.
Ramón Amaya Amador escribió una novela sobre este caso: los brujos de Ilamatepeque.
[2] Seguidores del
dictador Tiburcio Carías.
[3] Betha Cáceres,
asesinada por defender a los indios.
[4] Intibucá,
Departamento del Sur Occidente de Honduras habitado principalmente por
indígenas lencas.
[5] Manuel Zelaya
Rosales, derrocado por un golpe de Estado militar en 2009, por impulsar
reformas en favor de los pueblos.
[6] Etnia indígena
originaria perseguida y despojada de sus tierras. Viven en una total mis
[7] Ex precandidato
presidencial del Partido Nacional.
[8] Porfirio Lobo, ex presidente
nacionalista, antecesor de Juan Orlando Hernández.
[9] Rodolfo
Z.Velázquez, caudillo del Partido Nacional en Intibucá.
[10] Antonio Rivera,
diputado nacionalista; su abuelo fue Presidente del Congreso durante la tiranía
de Carías, y su padre Presidente del Congreso durante las tiranías militares de
López Arellano.
[11] Beta Cáceres;
Clementina Suárez, poetisa hondureña; Visitación Padilla, luchadora
antiimperialista; Juana Pavón, poetisa hondureña contestataria.
[12] Chica: fermentado
de maíz.
[13] Cususa: aguardiente
destilado clandestinamente.
[14] Chuña: descanso.
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